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Palermo Soho vuelve a ser Palermo Viejo, un barrio en el túnel del tiempo por el coronavirus

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Por el cierre de comercios, que comenzó antes de la cuarentena y ahora se profundizó, reapareció la fisonomía de otros tiempos. Las casas chorizo y los talleres mecánicos recuperan protagonismo.

La cuarentena en Palermo no sólo se ve: también se escucha. En ese rectángulo difuso que bautizaron Soho ya no se oye el ruido de autos con conductores en busca de un lugar, ni las charlas de turistas o cazadores de tendencias, ni los gritos en la vereda de un restaurante o un bar. Hoy el soundtrack de Plaza Serrano es un ringtone de app de delivery, mezcla de grito de cowboy y victoria en el casino: la indicación sonora de que a un repartidor le entró un pedido. Casi todo el resto es silencio. Hoy Palermo Soho está cada vez más cerca de volver a ser Palermo Viejo.

Sin gente posando en cada esquina ni autos estacionados como obstáculo visual, es más fácil ver aquel Palermo de pasajes, casas chorizo, vecinos chango en mano y talleres mecánicos camino a la vía. Un regreso inesperado que se da por el peor motivo posible: finales de bares y restaurantes cada semana, cierres o mudanzas de locales de ropa, o su traslado al mundo online. La cuarentena vació una zona de por sí poco poblada y poco rentable para construir, por las limitaciones de altura.

“Esto va a volver a ser Palermo Viejo. Cuando reabrimos, daba miedo: parecía que había caído una bomba, o que había que esperar a que salieran los zombies”, cuenta elocuente Alfredo Vizcarro detrás de la mesa que recibe a los clientes en la heladería Filippo, a dos cuadras de Plaza Serrano.

Cada semana se desocupan locales: hace unos días fue el turno de Bad Toro, Clara y The Fifty Bar, frente a Plaza Serrano. Chiqui’s, que vendía comida venezolana en El Salvador al 4900, también cerró. Igual suerte corren muchos bares sobre Uriarte. Los dueños de la cochera de Thames al 1700, antes siempre llena, decidieron concentrar operaciones en otra sucursal. Una heladería cercana bajará la persiana la semana que viene, y sus empleados ya buscan trabajo de repartidor.

A unas cuadras, frente a Plaza Armenia, los locales cerrados también son norma, sobre todo los de ropa. A una cuadra de allí, en El Salvador casi Armenia, estaba Humawaka, tienda de carteras y accesorios. Había sido uno de los primeros comercios del rubro en llegar a la zona, en 2004. El mes pasado, su dueña Sandra Rudelir tuvo que cerrar: “Mantener el local era un costo altísimo, aunque fuera chico. Mi principal clientela era el turismo. Ahora vendo online”, explica.

Mientras tanto, crece en el área la demanda de locales para rubros más “barriales”. “Peluquerías, colchonerías, verdulerías: hay diferentes destinos que están volviendo a alquilarse”, explica Horacio Berberian, de la inmobiliaria Shenk, con más de medio siglo en el barrio. Y agrega: “Los propietarios aceptan más las garantías de caución y hay más confianza en el comercio, porque la gente quiere volver a consumir”.

En los rubros aún no habilitados, las concesiones de los propietarios son aún más: “El alquiler se baja entre un 30 y un 50%, a sabiendas de que el inquilino no está en condiciones de pagar todo”, observa Berberian. Incluso se firman contratos para reservar ahora pero ocupar recién en dos o tres meses.

Diego Migliorisi, de la inmobiliaria que lleva su apellido, ve rebajas similares: “La mayoría de los propietarios comprenden la situación y saben que, si se va el inquilino, va a costar mucho volver a encontrar otro en este contexto”, analiza. Así lo atestiguan, por ejemplo, locales gastronómicos con el cartel de “Alquila” hace un año, como un ex restaurante en Uriarte al 1600, o una ex hamburguesería en Thames a la misma altura.

Es que, pese al innegable efecto cuarentena, los cambios en la zona se advertían incluso antes, por el cóctel de ganancias bajas hijas de la crisis y los alquileres altos, que oscilan entre los $ 150.000 y $ 200.000 y pueden llegar a los $ 400.000. “Este barrio cambió mucho. Antes era de diseño de autor. Empezaron a venir las grandes marcas y subieron los alquileres. Nosotros la venimos aguantando. Ahora es un momento raro: no está muy claro cómo viene”, comenta Flor Oyanguren, de la tienda de ropa La Cofradía, hace 13 años en el cruce de Honduras y Armenia.

La cotización de este sector palermitano se volvió letal cuando se juntó con la crisis de mediados de 2018. Ese fue el motivo por el que los dueños de Buena Birra Social Club decidieron levantar campamento en Honduras al 5100 y quedarse sólo con su clásica casona de Colegiales. Ese local jamás se volvió a alquilar. “Es una zona que sólo mueve gente los fines de semana. No hay muchos que vivan o trabajen por ahí. Y con la crisis la gente dejó de consumir. Así que hace un año nos fuimos”, cuenta Eugenia Golía, socia del bar.

Otros comercios se trasladaron a otros barrios: Recoleta, Belgrano, Chacarita. Este último es el destino, por ejemplo, de Bici Up, cuyos dueños iban a mudarse antes de la pandemia, pero quedaron varados en su domicilio original, en Gurruchaga al 1500. “Están muy caros los alquileres y, por la cantidad de público que viene, no nos conviene -explica Marcela Pettinati, socia de la bicicletería-. Antes la gente venía a comprar ropa acá y ahora van a los outlets. Cuando se pueda, nos iremos a Dorrego y Córdoba”.

Bici Up, uno de los comercios que iban a mudarse antes de la pandemia y cuyos dueños quedaron varados. “Los alquileres son muy caros”, dicen sus dueños. Foto: Fernando de la Orden.

Así, el mapa de Palermo Soho vuelve a configurarse. “Hace diez años, el 20% de los locales de la zona eran gastronómicos. Hace dos años, esa proporción pasó al 70%. Ahora se diversificó en su totalidad. La indumentaria va a prevalecer, pero el tema gastronómico es complicado”, opina Berberian. Mucho tiempo pasó desde que manzanas de casas bajas recibieron los primeros locales de diseño independiente. Un poco menos desde que llegaron las grandes marcas y, unos años después, el buen comer. Como en un círculo, hoy esta área se parece a su punto de partida, aunque su versión post-pandemia sea más difícil de prever.

Fuente: Diario Clarín